Detenimiento, estado y efecto de detener

Detener el tiempo, el momento, darnos un espacio para tomar aire y reflexionar.

En resiliencia es necesario parar, tomar perspectiva, ver las diferentes posibilidades y escoger camino. En muchas ocasiones es algo externo lo que nos hace parar o reconducir, otras veces somos nosotros mismos quienes ponemos el punto y final a la velocidad diaria.

En ambos casos , esa parada nos da impulso si le ponemos actitud. Una actitud observadora, sin prejuicios ni culpas, una actitud de avanzar, lentamente , con detenimiento.

Antes de iniciar la acción después de una pérdida o situación adversa , el detenerse, observar tanto lo que nos puede ofrecer el entorno como lo que llevamos con nosotros es algo prioritario.

No hacer nada, o lo que es lo mismo, hacerlo de forma detenida, no haciendo , sino siendo, nos ayudará a desarrollar nuestra capacidad de resistir, rebotar y mantenernos.

El detenernos y observar con todos nuestros sentidos en movimiento contribuirá a desarrollar la calma necesaria para el afrontamiento. Mirar, escuchar, sentir, oler o saborear…darnos el tiempo necesario, dejarnos llevar y parar la acción.

El detenimiento formará alianza con la serenidad que nos permitirá leer el contexto en el que estamos y mirar hacia adelante. Aportará la claridad necesaria para decidir e iniciar los pasos.

En el camino hacia la resiliencia el detenimiento, la calma y la serenidad serán grandes aliadas…algunas ideas para su desarrollo son:

-Respirar…profundamente, prestando atención a la entrada y salida del aire.

-Perdonarse ante los errores, volver a construir y reparar el daño.

-Soltar aquello que conocemos y acercarnos a nuevas situaciones, que requieran de toda nuestra atención…hacer cosas por primera vez.

-Activar nuestros sentidos, observar los colores que nos rodean, los olores, el tacto de lo que tenemos cerca…estar en el aquí y ahora.

-Bajar el ritmo, dotar de cierta lentitud a algunas de nuestras acciones cotidianas.

Vive  momentos de parada , de sólo ser y no estar…

Montse Pérez García

Psicóloga y Formadora

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Educando en Resiliencia

Educar en resiliencia es posible, y además…divertido. Hacerse resiliente implica vivir, estar en contacto con experiencias vitales y no sobreprotegidos. Tener contacto con la naturaleza, relacionarnos con otras personas, explorar, equivocarse…

No consiste en hacer niños fuertes , ni evitar dificultades , sino en prepararlos para afrontar cambios, dificultades, pérdidas o frustaciones, y , que esto suponga un reto para ellos y no una amenaza.

¿Cómo podemos contribuir a educar de esta forma? Te proponemos un decálogo a tener en cuenta…

1.Queriéndoles, de forma auténtica, incondicional, no por lo que hacen, sino porque son. Besar , acariciar, mostrar afecto, abrazar, de forma adecuada a su edad.

2.Mostrando que estás, que le apoyas, sin juzgar. Le acompañas, le das confianza  aunque sin resolver.

3.Hablando  de forma adecuada, sin gritos. Podemos establecer normas escuchando y siendo escuchados.

4.Exponiéndoles a dificultades. Hacerles partícipes de las situaciones en función de su edad, les hará sentirse valorados y parte de un todo. Para qué ocultar una muerte familiar, un despido…?

5. Facilitando que tomen decisiones. Equivocarnos y acertar forma parte del aprendizaje.

6.Jugando y creando. El juego, mancharse, tocar, experimentar….les conducirá a encontrar soluciones alternativas fundamentales en la capacidad de resiliencia.

7.Haciendo amigos. Conocer gente, en diferentes ambientes , genera más posibilidades de confiar, entender qué es amistad y qué no y da estrategias para encontrar apoyos.

8.Ayudándoles a identificar y gestionar de forma adecuada emociones, qué nos dicen, qué hago con ellas…

9. Enseñándoles que tienen  apoyos externos, personas que les ayudan a establecer límites y les quieren.

10.Conociendo con ellos lo que son, sus fortalezas( curiosos, autónomos, autocríticos…) y que pueden cuidarse, afrontar situaciones y soñar…encaminándose a objetivos…

saber que es posible y poner nuestro granito de arena en este tipo de educación contribuirá a su futuro, no más fácil , pero muy posiblemente más feliz.

Montse Pérez García

Psicóloga y Formadora

 

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Mandala

Las mandalas, sus círculos concéntricos, su color, simetría…nos adentran en la idea de unidad, de integrar los distintos aspectos que nos forman. Esta unión, puede transformarnos, llevarnos a formar parte de un todo, en el que el centro es uno mismo.

Nos conducen hacia el crecimiento y nos aportan calma para afrontar los cambios y retos.

Wollin y Wollin simbolizaron a través de la mandala los pilares sobre los que se sostiene la capacidad de resiliencia. Si queremos crearla, podemos hacerlo a través de:

Desarrollar nuestra capacidad de introspección, de entendernos, conocernos y sentirnos. Darnos una respuesta honesta sobre nosotros.

Valorar lo que tenemos, poniendo foco en lo que está y no en lo que falta, prestando servicio y ayuda a otros y viviendo de acuerdo a nuestros valores.

Tomar la iniciativa, explorar.

Crear, reír, jugar.

Conectar con otros, atraer y relacionarnos de forma sana.

Ser independientes, permitirnos el dejar ir, soltar, aceptar la pérdida.

Introspección, Moralidad, Iniciativa, Creatividad, Humor, Relación con los demás e Independencia. Mantenerlos en equilibrio, dedicarles a todos ellos su espacio, dejarse llevar por ellos y hacerlos visibles en nosotros y en otros nos llevará a nuestro centro.

Crea tu mandala…

Montserrat Pérez García

Psicóloga y Formadora

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Luz al final…

Padecer un trastorno crónico no implica necesariamente tener una enfermedad grave o que puede poner en peligro la vida, existe gran variabilidad de patologías que pueden ser crónicas, como el cáncer y el SIDA, artritis, diabetes… La enfermedad crónica no sólo afecta físicamente, sino también a nivel afectivo y emocional. Por lo tanto, el proceso de afrontamiento es fundamental para llevar la enfermedad de la manera más adecuada.
“De mi cabeza nunca se irá elmomento en el que el médico me dijo que tenía esclerosis múltiple. Cuando escuché que era para toda la vida, que no tenía curación, vinieron a mi cabeza miles de preguntas, el pensamiento se me aceleró y no era capaz de escuchar ni de recordar nada de lo que el médico me decía, tan solo tenía ganas de llorar, de gritar, de irme. Tras un par de años con varios brotes me dí cuenta de que si quería vivir más tiempo debía de renunciar a gran parte de mi vida anterior, debía de aceptarme, debía aprender a convivir con mi enfermedad, con mis miedos, con mis limitaciones y saber que ya nunca podría hacer cosas que antes hacía, tenía que aprender a encontrarme conmigo mismo”.
Este testimonio anónimo nos permite hacernos una idea de que vivir con una enfermedad crónica plantea nuevos retos, es un proceso largo y duro durante el cual se produce una lucha interior entre los deseos (de que todo sea mentira, de que todo sea un mal sueño) y la realidad (hechos concretos, síntomas y signos de la patología) que demuestran la nueva situación a la que cada persona tiene que adaptarse y aprender a convivir, tanto  con la enfermedad  como consigo mismo.
El proceso de afrontamiento
Enfrentarse a una patología crónica produce en el paciente un reajuste, un proceso de duelo similar al que pasamos cuando se muere un ser querido. La persona aquejada por una enfermedad crónica atraviesa las siguiente etapas dentro de su proceso de afrontamiento:
– Negación: es la primera de las etapas del duelo y por lo tanto está presente en el momento del diagnóstico de cualquier enfermedad crónica. La negación es un mecanismo de defensa que impide la toma de conciencia de la patología en ese momento, es un proceso adaptativo que impide que la información caiga de golpe. Es, por lo tanto, como una especie de almohadilla para el dolor. Esta negación inicial es sana, porque permite ir tomando conciencia del proceso poco a poco, permite ir acostumbrándonos a la nueva realidad.
– Ira: es la segunda etapa del proceso de duelo. Si en la primera etapa se niega una realidad, en la siguiente el paciente se enfada debido a que poco a poco va tomando conciencia de la nueva realidad, comienza a ser consciente de que la patología detectada será para toda la vida y comienzan a aparecer los sentimientos de incomprensión hacia todo lo que le rodea (incluidos sus seres más queridos), el rechazo a las ayudas que los demás le ofrezcan y las frases acusadoras del tipo: “nadie me comprende, todo el mundo me aconseja y me dice que salga y que me recupere, pero nadie me escucha”. La pregunta más repetida en esta fase es: “¿por qué a mí?”. Y lógicamente es una pregunta sin respuesta, en esta fase se dará cuenta de que existen muchas preguntas que no tienen ninguna respuesta, aumentando, por lo tanto, las reacciones desproporcionadas.
– Culpa: poco a poco los enfados comienzan a disminuir, la ira empieza a apaciguarse y se llega a la etapa de la culpa. El ser humano tiene una tendencia innata a buscar culpables a las distintas desgracias con las que la vida le suele premiar. Así, se inicia un proceso de búsqueda de culpables. ¿Alguien tiene que ser el culpable de esta situación? La búsqueda comienza en personas externas: el médico, la familia, los acontecimientos externos, los momentos en los que se podía haber actuado de una manera distinta… Con el tiempo, y en la mayoría de los casos, se tiende a disminuir esta culpa hacia el exterior y entonces comienza la búsqueda del culpable en el interior. “Después de tanto buscar quién tenía la culpa y resulta que la culpa estaba inmersa en mí, me costo aceptar que no había culpables, que nadie tenía la culpa de que yo hubiera caído enfermo y mucho menos de que esta enfermedad fuera para toda la vida, ni siquiera yo mismo tenía la culpa, nadie…”. Esta etapa puede llegar a ser una de las más importantes a la hora de elaborar el proceso de duelo, entre otras cosas, porque va a estar presente prácticamente a lo largo de toda la vida.
– Depresión: la persona se enfrenta a esta  etapa del proceso de duelo. Después de haber negado la patología y su realidad, de haber sentido ira, sufrido enfados atravesando la llanura larga y tormentosa del duelo, se camina hacia la depresión. En esta etapa se comienza a tomar conciencia de la pérdida. La realidad de la enfermedad ya es inevitable, ha pasado un tiempo prudencial desde el diagnóstico y no hay vuelta atrás. La realidad hace daño, pero al mismo tiempo sirve para asumir la pérdida. Al ir asimilando la situación, se comienza a plantear el futuro, y éste siempre es incierto porque nunca se sabe cómo se responderá, comienzan a aparecer asuntos pendientes de solucionar, como la gestión de recursos y ayudas. La pregunta más frecuente es: “¿y ahora qué hago yo?” “A menudo me pregunto qué será de mí, qué pasara conmigo cuando la enfermedad vaya avanzando… Sé que todavía es pronto para pensar en esto, pero me gustaría ir tomando conciencia de que esto no es de un día para otro, sino para toda la vida y aunque me cueste tengo que comenzar a tomar decisiones para mi futuro”.
– Aceptación: tras un largo discurrir por el camino se llega a la aceptación. Es el momento de aceptar la realidad y tratar de rehacer la vida. En esta etapa el estado de ánimo no resalta por nada especial, ni por alto ni por bajo, es un estado de afectividad plana, en el que no se está ni deprimido ni animado, pero en el cual se puede comenzar a tomar decisiones con respecto a nuestra vida y a plantearse objetivos de acción concretos. En esta etapa se aprende a convivir, se llega a la conclusión de que las situaciones pasadas, la vida anterior, no volverá, que hay que aprender a convivir con la nueva realidad y se intenta aparcar los recuerdos en algún lugar a mitad de camino entre el corazón y la razón, de tal manera que permita al paciente seguir con el curso de su vida.  Es el momento de tomar decisiones sobre cómo será a partir de ahora la vida y de cómo quiero seguir viviendo, de redescubrir mi nuevo yo.
Manuel Nevado Rey. Psicólogo Ahora Centros.
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Perdernos puede ayudar a encontrarnos

Decisiones o situaciones que en momentos suponen pérdidas pueden hacernos cambiar y aportarnos una nueva visión de nosotros mismos.

No permanecer inmóviles contribuirá a que podamos aceptar, adaptarnos y decidir hacia dónde queremos o podemos ir.

La resiliencia se compone en gran medida del descubrimiento de capacidades, valores y fortalezas que, en ocasiones, no sabíamos que teníamos.

Equivocarnos, descubrir y curiosear nos conducirá a nuevas realidades que pueden hacernos sentir bien o no. Está en nosotros el buscar bienestar y la ayuda para conseguirlo.

¿Ha pasado algo que pensabas que ponía fin a tu camino? ¿Esto te ha llevado por otra dirección en la que has recibido apoyo o soluciones?

Ingredientes fundamentales de la resiliencia como la creatividad, iniciativa y relación con los demás, formarán parte del mapa que necesitamos para encontrar el camino tras las pérdidas.

¿Los probamos?

Montserrat Pérez. Psicóloga y Formadora.

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Quiérete, una sana autoestima.

Conocernos, aceptarnos y respetarnos a nosotros mismos nos llevará a querernos. Este es uno de los caminos para sobreponernos a las dificultades y el dolor. ¿Queremos crecer en resiliencia? Pues a darle una oportunidad a nuestra autoestima.

La autoestima está en la base de la resiliencia. Para aumentarla  podemos poner en marcha claves que tenemos al alcance. Te proponemos algunas…

Cree en ti, recuerda tus capacidades. Trae a tu memoria aquella vez en que conseguiste algo.Si pudiste , puedes!!

Olvida la perfección, quiérete tal y como eres y mejora aquello que pueda ayudarte y te haga sentir bien.

No te compares o critiques y no lo hagas con otros…la queja atrae queja.

Arriésgate. Equivocarse y acertar  forman parte del aprendizaje. Perdonarte es tan importante como premiarte.. Quédate con aquello que te hace avanzar.

Piensa bien de ti, sin juzgarte, siendo realista.

Deja entrar la calma en tu vida, ser antes que hacer. Tanta actividad y movimiento nos hace más difícil sentir y vernos a nosotros mismos. Es necesario demostrar tanto? Respira y pon atención a tu alrededor, colores, olores, sonidos…

Aprende a estar a solas contigo algún ratito…estás en buena compañía

Agradece, por aquello que eres, por lo que ha pasado y por lo que vendrá. Agradecerte a ti mismo y a otros mejorará tu concepto de ti mismo.quiero , puedo

“Cuando tienes el sol dentro no importa si fuera llueve”

Montserrat Pérez. Psicóloga

 

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La importancia de tener un motivo.
En resiliencia no son tan importantes las causas, no nos ayuda a avanzar el indagar sobre el por qué me ocurre esto . Las causas, generalmente, pueden llevarnos a emociones como la culpa, la angustia , el malestar… en muchos momentos son inexplicables o no nos gustan. Es fácil responder a un por qué con un porque no he sabido hacerlo, tengo mala suerte, siempre me pasa, no me tienen en cuenta etc…la mayoría fuera de nuestro control. Sin embargo el cambiar esta pregunta por un ¿para qué? hace que tomemos otro camino, un camino de iniciativa, de esperanza y de aceptación…esto no es fácil, pero sí posible. Trata de hacerte una pregunta sobre una situación difícil de tu vida, pregúntate por qué y a continuación para qué. ¿Cambia la respuesta? El para qué va a aportarte razones de las que quizá no habías sido consciente. Va a darte motivos y por tanto, capacidad de acción y de avanzar, aún con dolor.

“Aquel que tiene un porqué para vivir, se puede enfrentar a todos los cómos”

Montserrat Pérez. Psicóloga. Formadora.

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